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Videos porno | Maeba MIS DATOS
NOMBRE:  MAEBA
EDAD:  21 AñOS
VIVO EN:  MADRID (ESPAñA)
SEXO:  MUJER
TENDENCIA SEXUAL:  BISEXUAL
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LA TIGRESA NISKA POR PANGLOSS


Entré nervioso y rabiado. Con ganas enormes de llegar a la barra sin mirar a nada, pedir mi combinado inglés (beefeater con limón) y olvidar la tortura de  mis pensamientos, que casi hacían olvidar  el empacho causado por una abundante y rápida cena que atornillaba mi estómago contra el cinturón. Comilona que había sido de todas formas agradable gracias a una charanga brasileña que animó la sala al final, con sus mulatas de culo magnánimo y sonrisa monumental, que levantaban un muerto sin duda. Sabía que un clavo sacaba otro clavo y que no había nada mejor que otra mujer para olvidarme de la que me había fastidiado el fin de la jornada laboral  tan anhelado, así que crucé secretamente los dedos al dirigirme al camarero etiquetado.

 

Fue entonces cuando me encontré con tus ojos y tu sonrisa; en un instante tan solo supe que era bastante luz para decidirme a preguntarte si estabas sola y luego tu nombre.

 

Niska (tal vez Nyska dijo mi cerebro entre imágenes de las mil y una nuits) quise entender con dificultad. Más tarde supe que eras Nezarín (espero no fallar), nombre encantado y evocador para una rosa del desierto (lo que te dije que eras sin ánimo de halago fácil) y mi corazón comenzó a latir con fuerza.

 

Nos sentamos para estar más cómodos, pero en la esquina de un enorme sofá  no fui capaz de encontrar la postura, ni la distancia adecuada. Con graves esfuerzos para no fijar mi mirada en el pecho que casi se te salía del corpiño, nos centramos en kilómetros y kilómetros de conversación sobre cosas interesantes: tu magreb, tu familia, tus estudios, tu cultura, tus estudios en Madrid y sobre como habías recalado en aquel templo de lujuria con clase. De vez en cuando intercalé unos piropos sinceros y tú, feliz intercambio,  me rozaste con tu mano. Tus cigarrillos y mis cigarrillos, tu copa de cava y mi combinado, tus miradas y mis miradas, nuestros alientos aleteando por la sala. Miré a otras chicas (la carne es débil, perdona, mirar es tan lindo y tan barato...), miré a otros hombres con que compararme y hasta saludé a un importante conocido que presumió de sus habituales visitas al santuario; pero no quise desviarme mucho de tu presencia, con la que me sentía entusiasmado.

 

Tu teléfono sonó  muchas veces y otras tantas rechazaste las llamadas, revelándome que cuando no lo deseabas eras dura, aplicando la negativa silenciosa pero explícita (lección para el futuro pensé yo). Cuando una vez te di fuego con mis cerillas (tu prefería los mecheros que coleccionabas compulsivamente una vez consumidos) y quedó tu cigarrillo a medio encender, me dijiste que eso significaba que alguien estaba pensando en ti, a lo que te respondí que en ese momento era yo lógicamente, pero tome otra vez muy buena nota para el futuro. El cava te gustaba mucho, lo comentaste y se notaba, te iba poniendo chispita y yo me relamía por dentro.

Dos veces tuvimos con nosotros a la amiga de que me habías hablado (la iniciadora en los ritos de venus), decías que era muy guapa pero a mí no me gustó  nada y me limité a decirte que no había ni comparación, que no tuvieras miedo de que te cambiase; hablasteis incluso en vuestra lengua (no en ese francés en el que intercambiamos poquitas palabras, más como ritual que como poesía) y quise incluso invitarla a una copa de cava con mi tonta caballerosidad  habitual.

 

Mi copa se iba acabando, tus ojos brillaban cada vez más, el reloj avanzaba briosamente, así que tuve que atreverme (bobo que soy dudando hasta en eso, pese al sitio en que estaba y pese a que te veía encantada conmigo de un modo franco),  coger valor para preguntarte si querías venir al hotel conmigo. No dijiste más que bueno, pero con tu carita ladeada y esa sonrisa que me gustaría tener grabada a fuego en algún lugar aislado de las decadencias de mi memoria.

 

Caminamos juntos hacia mi hotel, pero yo sentía gran nerviosismo porque pudiese verme alguien, pese a las escasísimas posibilidades de que así fuera. Y cuando ya estábamos cerca te pedí disculpas para que me dejases entrar primero pues había un conocido que se alojaba también allí (¡tiene narices el asunto con lo grande que es el mundo!) y te di la tarjeta de mi habitación para que nadie te pusiese dificultades al entrar tu sola. Me adelanté y una vez dentro pude verte en el semáforo cercano hablando por el móvil, sufriendo por no estar cerca como un espía invisible ¡para saber si hablabas de mí!

 

No tardaste mucho en llegar a mi habitación, mas o menos los cinco minutos convenidos, y a partir de entonces me sentí seguro en mi castillo, en esa residencia de lujo un poco rancio, que quizá no era tan grande como en otras ocasiones mas propicias y que sufría dos defectos elementales: no había música y no había suficiente cava en la mini-nevera.

 

Refrené mis ganas de abalanzarme sobre tus nada confidenciales pechos y te besé  la mano con postura elegante, invitándote a pasar (ya estabas dentro en realidad) con un refinado “señora”  y tus risita aleteó por toda la habitación. Te sentaste en una butaca, serví dos copas (para mi un inadecuado vaso largo) de cava (c’est fini), fumamos y dimos un sorbo de esos que te preparan la boca para duras batallas.

 

Después todo comenzó  como un relámpago súbito, bastó dejar las copas de cava en sitio seguro para abalanzarnos uno sobre otro, abrazarnos de pie y comernos la boca (moderno y exacto concepto) como dos vampiros ansiosos por quitarnos uno al otro el alma.

 

Fue una explosión apasionada por tu parte, dejaste tus risitas y mudaste en la piel jaspeada de una tigresa de bengala que no tendría bastante con nada, ni siquiera con devorarme por completo. Tus pechos se abrieron como flores primaverales y tus pezones se transformaron en lanzas; tu escasa ropa se fue enredando alrededor de tu talle mientras te revolcabas por la cama; tus piernas (que no revelaron la gordura que decías estaba oculta) se volvieron locas como aquellos peces lúbricos que cantó el poeta granadino; y tus uñas comenzaron su función de zarpas agresoras con éxtasis de pasión, comenzando mi lucha por detener sus surcos en mi piel. Mis manos recorrieron todo tu cuerpo con fruición y éste me respondió con convulsiones jadeantes. Había oído hablar de orgasmos duraderos, pero me parecía que aquella noche me iba a topar con uno interminable (ad eternum) en medio de tu respiraciones entrecortadas.

 

Conseguí tumbarte en la cama y desde el suelo abrí tus piernas, besando tus bragas aún puestas y recreándome en los olores que tu tesoro secreto me lanzaba para aumentar mi excitación y mi deseo. Luego lo babeé todo y lo penetré todo con el coro de tus giros y convulsiones y con varios zarpazos que intentaba esquivar inútilmente. No había descanso ni tregua posible.

 

Aun no se cómo, no lo recuerdo, acabamos finalmente sin ropa, sentados uno frente al otro, con mi pene erecto y desprotegido entre tus nalgas, siguiendo con nuestros juegos carnales y nuestras bocas chorreantes. Pero siempre eran juegos para ti, que querías, que buscabas, que necesitabas más, mucho más.

 

Finalmente llegó  la hora de enfundar en látex a mi socio juerguista, con una penetración que te llenó de júbilo, consiguiendo ponerte de rodillas de espaldas a mí como postura perfecta para evitar tus afilados estiletes. Y, de repente, casi a la vez que dijiste que no querías que te rompiese el culo (estaba decidido a hacerlo y convencido de lograrlo, gracia etílica la mía), sucedió lo peor que podía pasar, esa sensación de desinflado irremediable, justo poco después de  haber contenido las ganas de llegar dentro de tí. No hubo forma de arreglarlo, ni con la mano, ni con muda de condón, ni con cambio de postura..., la cosa se iba relajando cada vez más y más, así que era como el toque de retirada que no se puede sortear.  No sentí vergüenza, estaba convencido de haber cumplido hasta entonces como un caballero andante (honrado y trabajador), tampoco sentí decepción, había que tomarlo como era y punto, acordándome finalmente que por la tarde ya había tenido otra buena ración de sexo (cuyo desenlace me había dejado un regusto de amargura que intenté relegar con la copiosa cena, la copa y lo demás) de la que había conseguido olvidarme desde que recibí la luz de tus ojos y tu sonrisa.

 

Cuando la cosa acabó por fin, sin duda por el infausto comportamiento de mi compañero de farras, miraste el reloj y te fuiste vistiendo poco a poco, entre un nuevo cigarrillo y un postrero sorbo  de cava. Tu sonrisa, quizá de satisfacción, no cesó nunca, ni cuando te pagué, ni cuando me diste la excusa tonta (que supongo todos reciben) de que no podías quedarte más y que otra vez sería toda la noche (sin duda abochornado por mi poca hombría no supe darte réplica), ni cuando me pediste si nos dábamos los teléfonos para otra factible ocasión. Y así despareciste entonces, con un besamanos final (“señora”), esa dulce voz y esa preciosa sonrisa, cerrándose la puerta con ese adiós que se va perdiendo dulce e irremediablemente  en los recodos de mi cerebro.

 

Al cabo de un rato comencé a reaccionar, llamándome imbécil y sintiendo verdadero horror ante el espejo al examinar las marcas rojas de tus arañazos en mis brazos y en mi espalda. Por un instante fue como el hundimiento del Titanic, con mi cerebro buscando soluciones para ocultarlo al llegar a casa mientras giraba una y otra vez ante el espejo, para volver a comprobar lo largas y grandes que eran las pruebas de mi insensatez.

 

Pero ocurrió un milagro, no puede decirlo de otra forma. Un enlace neuronal en mi cerebro se despertó de pronto, cumplió su deber y me recordó que en mi neceser de viaje lleva un tubito de crema anti-estrías, que casi nunca uso pues es demasiado fuerte para la cara (no tengo estrías en ningún sitio, off course) y, con la fe o el ansia de un peregrino que va a lourdes, fui aplicándola en los escandalosos latigazos, con efecto de verdad milagroso, pues desaparecían con una simple pasada. ¡Desparecieron todos en un abrir y cerrar de ojos!

 

A punto estuve de dar brincos y gritar como un loco, pero lo dejé en algunos gestos triunfantes, forofos u obscenos ante el espejo, antes de saltar dentro de la bañera para darme una ducha abrasadora, salir dándome cuenta de haber eliminado la cremita salvadora, secarme a fondo con la toalla y el secador de pelo, volver a aplicarme unas nuevas capas y entrar a la cama con júbilo, decidido a llegar a un orgasmo que poco antes se me había denegado.

 

No se si lo conseguí  (es probable, pues a la mañana siguiente mi pene estaba dolorido) pero la noche fue inquietante entre sueños voluptuosos, mezcla de las mil y una noches y el libro de la selva en versión zoofílica...

 

*   *   *   *   *

 

Te llamé al día siguiente desde el aeropuerto, en parte al seguir abrumado por los recuerdos de aquella noche mágica e inflamada, en parte  por el lógico tedio de las esperas de los vuelos y en parte debido a mi irremediable manía de prolongar lo que quizá no se debe prolongar. Tuve suerte porque no me colgaste en plan malvada, pero estabas en la peluquería (si recuerdo que me llamaste cariño, palabra fácil pero embriagadora), así que mi rato de entretenimiento poco iba a durar. Sólo pude decirte que había encendido un cigarrillo (no era cierto lógicamente) y se me había quedado a medias, por lo que alguien estaría pensando en mí... Me pediste que volviera a llamarte más tarde y nos despedimos.

 

Ese mismo día intenté  volver a llamarte y no cogiste, por lo que pensé podrías comenzar tu flagelo.

 

Lo intenté por última vez (eso me dije) al día siguiente o a los dos días, no recuerdo muy bien; volví a oír tu dulce voz; solo supe que te pregunté (soy el rey de las obviedades) si me habías dado el número de teléfono porque querías que te llamase algún día (risita), te comenté lo de los arañazos (risita) y que para otra vez tendríamos que tomar precauciones (risitas), o sea, ponerte unos guantes (risitas y risitas) o utilizar unas esposas (más risitas), cosas estas que te decía de verdad pues eres una tigresa peligrosa en el tálamo y no sé si sabría dominarte o si sería mejor vestirme de chándal por si acaso. Estuviste encantadora de nuevo, como esperaba.

 

Después vino el silencio de semanas (era absurdo llamar desde tan lejos) sin que mis pensamientos te dejasen a un lado y con alguna que otra masturbación con tus calurosos recuerdos.

Mis viajes a Madrid (con posibilidades de escapada juerguista) no proliferaron como yo esperaba, así que vegetaba casi abatido y resignado cuando, un atardecer de esos tontos en los que solo miras al cielo por si va a llover o no, apareció de repente un mensajito tuyo en mi móvil, ¡diciéndome si me había olvidado de ti!;  me apresuré a contestarlo para decirte que de ninguna manera (otra oportunidad perdida para hacerme el duro, muñeca) pero que no había forma de viajar para verte, que te llamaría en cuanto pudiera.

 

La llamada tardé  días en hacerla. Fue una noche de juerga y la realicé clandestinamente desde el baño de un restaurante, con el calor del vino dentro (siempre da arrojo), pero estabas de ramadán y no me salieron las palabras (prefiero el bis a bis donde mi timidez es menos carcelera de mi boca). No cerré la puerta y te dije que te llamaría otro día con más calma.

 

Han vuelto a pasar las semanas y no lo he hecho.

 

Me he debatido en pensamientos estúpidos sobre si yo te gustaría de verdad o no; sobre si lo mejor es hacerse el fuerte y esperar otro mensaje tuyo; sobre si te digo que me gustaría un encuentro sin dinero, aunque solo fuese para comer juntos (luego que viniese lo que viniese, vuelvo a pensar como un gilipollas...); sobre si te diría que lo mejor es que haya dinero, pero que el encuentro no sea tan breve, que sea cena (¿árabe?) y toda la noche, con litros y litros de cava; sobre si mejor...

 

Y ya ves, aquí  estoy varado como una sirena. No se si volveré a verte, mas de lo que no tengo dudas es que te recordaré siempre (c’est vraie) como algo muy especial, atrayente y peligrosa, dulce y salada como esa flor del desierto que eres.

 
 

Con ansia esperé respuesta a mi mensaje y su breve relato, ingenuo y nervioso, como un escolar de primeras letras que le envía un amago de poema a la niña de tres cursos más adelante.

 

De repente, en la hora del atardecer, la hora funesta, mi móvil anunció un mensaje de ella, cuya lectura me propinó la mayor de las bofetadas que recuerdo en mi vida y eso que fueron muchas.

 

Era breve y conciso, no caía la duda sobre aquel texto lapidario que me decía que si ella comprendía mi situación, no sabía como yo no comprendía la suya...

 

No había lugar para nada más que un inmenso enfado y un inabarcable rencor por la lectura de mi cuento.

 

En vano le mandé mensajes, primero en el móvil y luego por internet, pidiendo más explicaciones y llenándolos de disculpas por lo que hubiese hecho mal.

 

El silencio fue duro, sepulcral e indubitado.



FECHA:  06/10/2009
LEIDO: 1002 VECES
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